Sinopsis

         Año de Nuestro Señor de 1212.

 

        Tras la batalla de Las Navas de Tolosa, el rey castellano premia a un joven soldado con un señorío en el norte de España y una misteriosa misión.

     Sin embargo, una oscura trama acecha al caballero, que hará todo lo posible por esclarecer ciertos terribles sucesos ocurridos allí.

 

     Una historia perdida en la tenebrosa Edad Media, cuyos tentáculos alcanzan hasta nuestros días.

 

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Soy fray Jorge Fernández de Lózar y tengo el presentimiento de que no dejaré de ser atormentado hasta que confiese.

Ya no recuerdo cuánto tiempo llevo sin poder dormir, pues cada vez que cierro los ojos, los demonios me acosan. Así que he encendido una nueva cera, rezando para que su halo arrincone al Maligno.

Hace muchos años que ruego al Todopoderoso que me lleve de este mundo, pero Él se empeña en hacerme ver un nuevo año. Y van casi ochenta. No sé si es parte de Su infinita misericordia, o tal vez sea que mis pecados son tantos que está añadiendo una penitencia extra al infierno en el que seré arrojado de todos modos a causa de ellos.

Sopesando el desasosiego que todo esto me causa y aprovechando que estos ojos míos todavía conservan algo de luz, he llegado a convencerme de que este es el momento de contar la aterradora historia que abruma mi alma, una que jamás he revelado a nadie, una que en este momento escribo desde el humilde cuarto del monasterio donde mi ahora dolorido esqueleto ha pasado los últimos treinta y cinco años.

Le pido a Dios que el terrible frío de este invierno que se resiste a pasar y que traba mis manos otrora firmes con la espada, no impida que mi memoria escudriñe lo que hoy me parece que se oculta en el fondo de los siglos y surja la crónica que con el paso del tiempo y mucha investigación llegué a conocer acerca de aquel caballero de nombre sonoro: Martín Díaz de Laín. Aunque, pensándolo bien, ¿cómo podría olvidar aquello?

Para comprender el trasfondo de los asuntos, será necesario comenzar mi revelación allí, en Las Navas de Tolosa, un ya lejanísimo día 16 de julio del año del Señor de 1212.

La Batalla, como la hemos llamado desde que ocurrió, había terminado con la victoria del rey Alfonso sobre los almohades; decenas de miles de muertos en el nombre de Nuestro Señor. Y no tengo nada que objetar. Comprendo que aquello ocurrió según Su beneplácito, que todos los que participamos en aquella campaña contra el infiel: clérigos, nobles, infantes, peones y mercenarios, éramos en aquel momento ministros del Altísimo, Su brazo armado. De toda condición y rango, es verdad, pero obrando juntos en armonía con Su voluntad.

Si entorno los ojos y presto atención a mis recuerdos, todavía puedo ver las escenas que viví en primera persona y escuchar los cánticos que se elevaban hacia el cielo como si se tratase de una ofrenda…

 

Te Deum laudamus, Te Dominum confitemur.

Te aeternum Patrem, omnis terra veneratur.

Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia:

Patrem immensae maiestatis,

venerandum tuum verum et unicum Filium,

Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Dignare, Domine, die isto sine peccato nos custodire.

Miserere nostri, Domine, miserere nostri.

Fiat misericordia tua, Domine, super nos,

quem ad modum speravimus in Te...