Sinopsis

        Álvaro Rodero, un novelista con poco éxito, recibe la llamada de un extraño personaje que le propone un trato insólito a cambio de que encuentre para él una espada del siglo XIII con una misteriosa historia detrás, y eso antes de que se cometan con ella cinco crímenes rituales.

 

        Un recorrido por el Madrid actual, con incursiones periódicas en su historia pasada y en los enigmas que oculta cierta ópera, son el marco de circunstancias de esta trama de solución inimaginable.

Empieza a leer

Dicen que el frío intenso enmascara los olores.

Debe ser esa la razón por la que las cámaras frigoríficas de las empresas cárnicas no huelen a nada, aunque estén llenas de cadáveres descuartizados.

Sin embargo, pese a que aquella noche el mercurio se negaba a salir de su adormecimiento, acurrucado y hecho un ovillo al fondo del vidrio, el aire de Madrid olía a muerte.

Por las calles desiertas solo se escuchaban las zancadas de Álvaro, que se esforzaba por ganarle la mano al reloj. Las farolas que aún funcionaban, como si supiesen la tragedia que acechaba, se empeñaban en proyectar una luz cansina, generando una danza de sombras que asustaba hasta a los gatos, que se asomaban curiosos y, acto seguido, daban un paso atrás hasta sus escondites.

En su carrera desesperada, al doblar una esquina tropezó con alguien que caminaba con paso cadencioso, probablemente algún mendigo en busca de refugio. Pero puesto que había conseguido evitar la caída de ambos, Álvaro ni siquiera se disculpó, completamente concentrado en su objetivo: llegar al edificio lo antes posible.

Por fin desembocó en la plaza, desde donde podía contemplar el recinto que brillaba con la iluminación de gala. Detuvo su carrera unos metros antes de la puerta de acceso para recobrar el aliento que, más por la ansiedad que le invadía que por el esfuerzo físico, le faltaba. Recuperando el resuello y sin prestar atención a su aspecto demacrado, sacó del bolsillo de su abrigo el pase y accedió al interior.

De repente sintió un mareo leve que le obligó a apoyar su mano en una barandilla cercana. Y como persistía, decidió acercarse al aseo, aún a sabiendas que el minutero de su reloj era un mal adversario.

Como el que ha bebido más de la cuenta y trata de disimular su estado fingiendo una dignidad que ahora le esquivaba, recorrió la distancia que se le antojó eterna y se paró delante del espejo. Abrió el grifo de agua fría y se inclinó para llenar sus manos y refrescar su rostro empalidecido.

—Pensaba que estabas en forma —escuchó a su espalda.

Se giró bruscamente. Pero tuvo que volver a apoyarse en la encimera de mármol, presa de un vahído angustiante.

—Deberías ser más educado cuando atropellas a la gente mientras corres por la calle —siguió diciendo con una sonrisa enigmática, mientras le mostraba una jeringuilla vacía que sacó de su cazadora.

—¿Qué has hecho? —preguntó Álvaro, mientras se levantaba el jersey y abría la camisa, localizando un punto rojo en su abdomen, diminuto y dolorosísimo.

Entonces lo negro inundó su cerebro.

 

* * *

 

Cinco días antes…